domingo 5 de abril de 2009

Las estaciones del cuerpo II: seco


Coqueteáis con el fascismo.

domingo 29 de marzo de 2009

Las estaciones del cuerpo I: viscoso


La mañana del quince amaneció muerta. Oliverio tardó en darse cuenta, concentrado en la rigidez lumbar que le provocaba aquel butacón de escay en el que, desde hacía dos meses, se sentaba a dormir tres días en semana. Cuando se dio cuenta de que el silencio llenaba el espacio que horas atrás había ocupado la respiración trabajosa y fatigada de ella, intentó tensar las piernas y ponerse en pie; pero le resultaba imposible inclinarse hacia delante sin que una puñalada a la altura de los riñones subiera por su espinazo hasta aferrarse a su cogote. Sentado no podía verla: con el ajetreo de las noches, las sábanas acababan ahuecadas, formaban una jaima en la que ella dormía y respiraba su aliento templado hasta que salía el sol.
Sin posibilidad ninguna de levantarse, Oliverio estiró el brazo izquierdo y agarró el estuche de la mesilla. Abrió la cremallera, sacó la maría y el librillo de Smoking, y se lio un porro. 
—¿Recuerdas cuando los chicos trajeron la yerba? Fue la misma mañana en que te desahuciaron. Tú no lo sabes, pero los padres les montaron una buena bronca. Lo que pasa es que los críos lo habían hecho para que no tuvieras náuseas ni te doliera la cabeza. Miguel se puso hecho una fiera con su hija y empezamos a discutir con él, hasta que la niña gritó: «¡Se va a morir! ¿Es que no lo veis?», y dijo que era mejor que te murieras sin dolores y sin vómitos. Nos quedamos callados... Bueno, todos menos tu hermana Rosa, que empezó a llorar y a hipar. Le dolía más su propia soledad que tu estado.
Solo eran las ocho, pero el día iba a ser caluroso. Oliverio dejó el porro encendido equilibrado en el canto de la mesilla y se pasó la mano por la calva, pringosa por los sudores del sueño. Se atusó las greñas de los costados y después se miró la mano. Algunos pelos habían quedado allí pegados, así que refregó la palma de la mano en la pernera del pantalón. Cogió el porro, que se había apagado, y volvió a encenderlo, inclinando la cabeza un poco hacia la derecha para no quemarse la nariz, como le había enseñado la sobrina.
—¿Te acuerdas del primero que te lie? ¡Qué desastre! Se despegó el papel y... —Rio, y la risa se transformó en una tos áspera y seca— Qué desastre... Estos últimos ya me van saliendo mejor, ¿verdad? Estoy pensando en hablar con la sobrina para que me siga trayendo yerba para mí, ahora que tú...
Dejó caer la chusta en el vasito de plástico donde ella había tomado la última dosis de calmante. El fango húmedo de analgésico y agua empezó a teñirse de un color pardo, que avanzaba despacio desde donde la parte quemada y cenicienta del porro hacía contacto con el fondo. Pensó en aquellas partes de su vida que se habían desarrollado de la misma manera, cristalizando en horizontes inmóviles de los que ya nada le atraía; en todos los cierres en falso de situaciones dolorosas que había decidido dejar estar, y que ahora arrastraba, convertidos en excrecencias casi inadvertidas de las que era imposible librarse, obstáculos encallecidos, espinas protectoras frente a cualquier intento de aproximación.
De pronto, un sonido similar a un eructo se elevó desde dentro del barullo de sábanas. Oliverio se levantó de golpe y, pese al crujido de su espalda, que se despegó del respaldo como una costra, se acercó con un saltito al nido en el que ella ya se había enfriado.
Notó frío en su espalda y alargó la mano hacia el teléfono.

sábado 14 de marzo de 2009

Nunca duerme, y III

Y por fin llegó el día de la fiesta. Para entonces, ella llevaba ya tres días sentada en el salón, con el cuerpo rígido por el engrosamiento de aquella piel extraña y plástica. Brazos y piernas se habían acomodado a una media flexión ajustada con exactitud a las formas del sofá en que descansaba. La celulitis y los pliegues que antes se formaban en su vientre, ahora habían desaparecido, y sus pechos se mantenían erguidos a buena altura; pero cualquier ropa la molestaba, pues la sensibilidad había vuelto a aparecer, ahora multiplicada por un extraño efecto, de manera que hasta una mota de polvo posada en su antebrazo, por ejemplo, irradiaba una oleada de sensaciones insoportables, no tanto por la intensidad, sino porque a estas alturas ella era incapaz de responder con movimiento alguno.
Él se encargó de los preparativos. Limpió la casa y luego copió la lista que ella le dictó con una voz extraña, modulada sin ayuda de los labios, ahora paralizados en una media sonrisa simétrica, que dejaba ver sus dientes perfectos y su jugosa lengua. Mientras ella lo hacía, él se había sentado a su derecha, justo donde ella ya no podía verlo, y cuando ella se esforzaba por pronunciar "foie" sin mover los labios, él admiraba el reflejo de la luz en su superficie inmaculada y polimérica. Quería conservarla así para siempre. Le dictó de la misma forma todas las recetas, paso a paso, de los platos que componían la cena.
Poco antes de que llegaran los invitados, él la vistió lo justo, pues, aunque se tratara de amigos con los que tenían mucha confianza y ella tuviera, hacía ya años, la costumbre de tomar el sol sin la parte superior del bikini cuando veraneaban juntos, a él no le apetecía que vieran más que lo imprescindible de aquella superficie brillante, lisa, perfecta.

jueves 12 de marzo de 2009

Nunca duerme, II

En las semanas siguientes, la de ella creció, se extendió por la piel de su frente y pasó de aquella forma inicial redondeada y del tamaño de un huevo de codorniz, a asumir los entrantes y salientes del mapa de los fiordos de Noruega. Él, en cambio, vio como su mancha se volvía tenue, casi transparente, a la manera de las huellas que los antojos de la madre encinta marcan en la piel de su progenie cuando esta crece, que disminuyen poco a poco y dejan un leve recuerdo de epidermis joven para siempre.
Ninguno de los dos fue al dermatólogo, aunque fingieron ambos haber ido, y mientras a él la preocupación se le transformaba en un recuerdo algo alarmante, a ella cada día le costaba más disimular con el maquillaje la invasión magenta que ya empezaba a desembarcar cerca de su clavícula izquierda. Milímetro a milímetro las células de su piel tomaban un aspecto uniforme, perfecto de no haber sido por la llamativa tonalidad de la pigmentación. Acompañaba a aquello una sensación hormigante que, con el tiempo, derivó en una absoluta insensibilidad. Todo rastro de poros, pecas, lunares, granitos, manchas o vello desapareció, y el siete de abril su superficie era una capa lisa y sin accidentes en toda su extensión. Fue la última vez que hicieron el amor. Él quedó exhausto, ella, insatisfecha.
Él insistía en que debía volver al dermatólogo, pero dejó de hacerlo la noche en que ella decidió que durmieran en camas separadas. A él le correspondió el sofá-cama del salón.

martes 10 de marzo de 2009

Nunca duerme, I

El mismo día que entraron a vivir allí, empezaron a pintar las paredes de color magenta. Ella pensó que sería original, él, en lo que iban a ahorrar: nadie compraba ese color y el almacén estaba lleno de botes de muchos litros al 50% del precio normal. El resultado fue aceptable, aunque perdieron espacio por la ilusión menguante que producía aquella pintura chillona. Otro problema fue encontrar cortinas, alfombras y sillones que combinaran con el difícil reflejo de la luz sobre las paredes.
Gracias a lo que habían ahorrado en pintura, consiguieron metros y metros de tela que serviría para tapizar unos viejos butacones regalados, cuatro sillas con asiento acolchado para la mesa de comedor y el escabel desportillado en el que dormía siempre su gato diabético. Con los metros que sobraron, ella cosió unas cortinas para el dormitorio.
Se habían acostumbrado tanto al olor plástico de la pintura que, cuando salían de casa a la misma hora que todo el mundo, el aire de la ciudad les parecía de una calidad casi alpina, y lo inhalaban sin miedo, a grandes bocanadas. A la vuelta, cuando abrían la puerta, los recibía una vaharada espesa que les dejaba en el paladar tenues notas de muñeca recién salida del molde. Olía a nuevo, a limpio, a inauguración. O, al menos, eso querían creer.
El gato, que hacía unas semanas que no reconocía su escabel y dormía en el suelo, amaneció un día con las patas tiesas y una mueca retorcida. Su boca abierta hacía pensar en esos peces abisales que no han visto la luz del sol en millones de años. No le dieron importancia: era un animal añoso, heredado de una vieja tía soltera que olía a orines. Lo metieron con esfuerzo en uno de los botes mediados de pintura y él se encargó de bajarlo a la basura (para evitar problemas, esperó a que fuera de noche antes de bajar a la calle, subir dos portales más arriba y tirar su carga en el cubo del n.º 63).
A los tres meses la casa ya se podía considerar completa. Tenían plantas, televisor de plasma, termomix y vitro. Tenían sillas, platos y vasos suficientes para invitar a diez amigos, y así lo hicieron, aunque la convocatoria tuvo que retrasarse un mes más para que pudieran coincidir todos, así que decidieron preparar una invitación con fotos del apartamento. Y fue al hacerse una foto en el espejo del baño cuando lo descubrieron.

jueves 4 de diciembre de 2008

Entumecimiento, hormigueo y desaparición de Raúl Betadine

Ya en casa, reconoce que quería impresionaros. Tantas idas y venidas de un personaje mal delineado, apenas unas pinceladas a través de conversaciones, escenitas, cabreos y demás histerias treintañeras, solo podían acabar así. El polvo se ha acumulado tras unas semanas de vagabundeo. En la cocina, tazas sucias, con su costra reseca de té, azúcar y migas de magdalenas Casado, esperan que las frieguen unas manos que ya no existen (porque no funcionan, pues han perdido la capacidad que las diferenciaba de las garras de otras alimañas).
Observa su cuerpo mientras duerme: el cabello revuelto y aún con la marca de la almohada en la coronilla, los brazos poco musculados que siempre lo acomplejaron, la piel fatigada y sin afeitar del rostro, el estigma de las gafas en el puente de su nariz. Lamenta no haber sido más generoso, no haberle dado otro cuerpo, otras maneras, otra historia, y aun así le guarda cariño al primer muchachito débil que se atrevió a separarse de la masa amorfa de su cerebro. Con más o menos destreza, se enfrentó, lo sabe, a las limitaciones y cortedades de quien teclea; también sabe que todas las mezquindades y vicios que le atribuyó no son más que el producto de una mente cobarde que no acaba de empezar a levantar el castillo de arena, cuando ya está pensando en el aperitivo de las doce o en poner la barriga al sol.
Sin ánimos ni para subir las persianas, mientras guarda la máscara reseca y malograda de este ser sufriente (adiós, Raúl) en la caja vacía de los vinos de Navidad, piensa en dejar el piso. En realidad, lleva meses sin pagar el alquiler, o puede que no lo pagara nunca.

miércoles 3 de diciembre de 2008

Convalecencia

Tienen al enfermito en una cama grande, con cabecero de madera y sábanas blancas, de ajuar antiguo, bordadas por alguien que ya no existe. Llegó en la furgoneta de la panadería, con la que el hijo había estado buscándolo unos días. Lo desnudaron, lo ducharon, lo secaron y le pusieron un pijama de señor, lleno de rayas y con una abertura por la que se le escapan los genitales si se mueve con descuido. Le ponen el termómetro en la axila y remeten sábanas y mantas entre el colchón y el somier, y él se queda con la cabeza asomando de un sobre asfixiante. El médico ha dicho que son amebas, quizá por haber bebido de una fuente, un botijo o incluso un charco. También tiene faringitis y puede que alguna infección. Que se le pasará, pero necesita reposo.
Unas manos de dedos gordos y uñas pintadas de rojo le llevan tazones de caldo caliente. Si espera a que enfríen, se forma una membrana grasa en la superficie del líquido.
La hija pequeña se encarga de él después de comer. Se conocen hace doce años. Lleva siempre alguna revista y su i-Pod con un disco de Ocean Colour Scene, y le tortura con la misma canción. Hoy le ha confesado que le gusta esa porque era la que estaban escuchando cuando lo hizo con Migue. El enfermito imagina que la aventura acabó a la vez que la canción, y que la hija pequeña no lo comprende y sigue queriendo a Migue con la desesperación con la que se ama a los diecisiete, sin entender lo que ocurre y entre oleadas de frío y calor que solo se pasan cuando se empieza a hacer el amor como si se diera un paseo.
La muchacha se sienta en la cama y le pone con delicadeza uno de los auriculares de su i-Pod en el oído izquierdo. Le dice: "Escucha, Raulito", y empieza a llorar. El enfermito quiere sacar un brazo de dentro de la cama, pero tiembla tanto que olvida para qué (en su oído resuena otra vez: "You and i should ride the coast and wind up in our favourite coats just miles away roll a number, write another song like Jimmy heard the day he caught the train..."). La hija pequeña se deja caer en la cama y acaba dejando una humedad que tardará horas en secarse.
Al cabo de un rato, cuando ya ha conseguido que el enfermito llore también, ella se levanta y se despide con la voz un poco ronca.