El mismo día que entraron a vivir allí, empezaron a pintar las paredes de color magenta. Ella pensó que sería original, él, en lo que iban a ahorrar: nadie compraba ese color y el almacén estaba lleno de botes de muchos litros al 50% del precio normal. El resultado fue aceptable, aunque perdieron espacio por la ilusión menguante que producía aquella pintura chillona. Otro problema fue encontrar cortinas, alfombras y sillones que combinaran con el difícil reflejo de la luz sobre las paredes.
Gracias a lo que habían ahorrado en pintura, consiguieron metros y metros de tela que serviría para tapizar unos viejos butacones regalados, cuatro sillas con asiento acolchado para la mesa de comedor y el escabel desportillado en el que dormía siempre su gato diabético. Con los metros que sobraron, ella cosió unas cortinas para el dormitorio.
Se habían acostumbrado tanto al olor plástico de la pintura que, cuando salían de casa a la misma hora que todo el mundo, el aire de la ciudad les parecía de una calidad casi alpina, y lo inhalaban sin miedo, a grandes bocanadas. A la vuelta, cuando abrían la puerta, los recibía una vaharada espesa que les dejaba en el paladar tenues notas de muñeca recién salida del molde. Olía a nuevo, a limpio, a inauguración. O, al menos, eso querían creer.
El gato, que hacía unas semanas que no reconocía su escabel y dormía en el suelo, amaneció un día con las patas tiesas y una mueca retorcida. Su boca abierta hacía pensar en esos peces abisales que no han visto la luz del sol en millones de años. No le dieron importancia: era un animal añoso, heredado de una vieja tía soltera que olía a orines. Lo metieron con esfuerzo en uno de los botes mediados de pintura y él se encargó de bajarlo a la basura (para evitar problemas, esperó a que fuera de noche antes de bajar a la calle, subir dos portales más arriba y tirar su carga en el cubo del n.º 63).
A los tres meses la casa ya se podía considerar completa. Tenían plantas, televisor de plasma, termomix y vitro. Tenían sillas, platos y vasos suficientes para invitar a diez amigos, y así lo hicieron, aunque la convocatoria tuvo que retrasarse un mes más para que pudieran coincidir todos, así que decidieron preparar una invitación con fotos del apartamento. Y fue al hacerse una foto en el espejo del baño cuando lo descubrieron.